Responsabilidades Misioneras de la Iglesia de hoy

// junio 23rd, 2010 // REFLEXIONES

misiones
Hoy queremos tratar el compromiso que estamos llamados a asumir en un mismo sentir acerca de las misiones. Si bien es cierto no todos estamos avocados dentro de las misiones transculturales, sí estamos llamados a compartir la identidad misionera en la que se sostiene todo ministerio eclesial cuando se comprende la gran comisión dejada en Mateo 28:19-20, a partir de Hechos 1:8. Plantearnos las misiones como una realidad espiritual para aquellos que no hemos cruzado las fronteras geográficas para servir en la predicación del evangelio donde Cristo no sea conocido, como hubiese dicho el Apóstol Pablo. (Rom. 15:20. NVI) Por esta razón, no ser misionero no implica que debamos obviar y mucho menos olvidar que nuestro compromiso con Dios tiene implícito un compromiso con la gran comisión, el cual define de una u otra manera nuestra relación con Dios en un sentido más amplio que una fe personal y, nos involucra en una coparticipación con las misiones y los misioneros, extendiendo nuestra fe personal hacia una fe corporal dentro de la Iglesia comprendida como cuerpo de Cristo. (Filp. 4:14-16)

De esta manera, nuestra vida de creyentes y discípulos presupone haber comprendido de antemano que nuestra libertad personal ha sido trasladada a la responsabilidad que ahora tenemos al haber sido comprados por la sangre de nuestro Señor y Salvador, con lo cual, no vivimos solo para nuestro crecimiento espiritual sin un compromiso con los propósitos de Dios, por el contrario nuestra vida cristiana se hace fructífera y se desarrolla cuando entendemos que hemos sido salvados para la extensión de Reino de Dios y que vivimos por su causa. Por consiguiente, los desafíos y las demandas de las misiones no son exentos a nosotros, por el contrario, así como somos llamados a participar del mandamiento de la gran comisión, también somos llamados a tomar conciencia de la urgencia que requiere obedecer en un mismo sentir el mandamiento de nuestro Dios como la encomienda que se universaliza sobre todo el cuerpo de Cristo, convirtiéndonos a cada uno de nosotros, en hijos de un Dios vivo, el cual nos ha unido a un proyecto misionero encargado a nosotros, los cristianos, la iglesia universal y testigos de Jesucristo.

Si nuestra pregunta es, ¿Cómo ser partes de las misiones sin estar en el campo de misión?

La respuesta es sencilla, Porque de manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. (Rom. 12:4-5) ¿Qué diremos a esto? Al ser un solo cuerpo, unos son testigos y partícipes de la misión habiendo ido a otras tierras guiados por el Señor; y otros, somos testigos habiendo permanecido en la tierra en que Dios nos ha colocado. Y oraremos los unos por los otros, sin que cada uno no deje de ser diligente con una gran comisión que extiende sus dominios culturales y transculturales hasta comprender que la misión que la iglesia recibió de Cristo es la misión de Dios, el cual envió a su hijo único, nuestro mesías, para salvar a un pueblo judío, escogido para bendecir a las naciones por la promesa dada en el antiguo testamento a Abraham ,y extiende su salvación sobre toda criatura en toda nación, a través de la sangre de un misionero inmolado por nosotros, nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Sirvamos como misioneros a un Dios misionero, intercediéndonos los unos por los otros y por el mundo sin Dios para que “este evangelio del reino sea predicado en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones”. (Mt. 24:14)

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